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La educación primero I

Por: Ana María García San Juan

Hace ya mucho tiempo, cuando entré en el mundo de la protección de los animales, como la mayoría de las personas que dedican gran parte de su tiempo a salvarlos del abandono y de los malos tratos a que se les somete, yo también creía que la mejor labor que se podía hacer era recogerlos y llevártelos a casa donde terminaban siendo cada vez más, molestando a familiares y vecinos y creando cada vez más problemas. O llevándolos a un albergue, una auténtica perrera en la mayoría de los casos, donde malvivían hasta que morían destrozados en peleas debidas al hacinamiento, pasaban hambre, enfermaban sin que un veterinario les ayudase y dejaban pasan sus días esperando a que volviera la mala persona que había sido su dueño y que un día decidió que ya estaba bien de juguete y se los quitó de encima inventándose múltiples razones para acallar su conciencia.

Han pasado más de veinte años, durante los que he ido aprendiendo, no sólo en “la escuela de la vida” sino haciendo cursos y aprendiendo de personas que sabían más que yo, que se habían preparado antes; de diferentes asociaciones, tanto españolas como extranjeras, durante los cuales he aprendido y constatado que la verdadera protección de los animales consiste primero en educar las conciencias o, como me decían los profesionales ingleses de la RSPCA, de la WSPA, de la IFAW o de Born Free Foundation, entre otros, “si recoges cuatro animales les salvas la vida, si ayudas a pensar, a educar la sensibilidad de cuatro personas, el resultado se multiplicará”. Así, en los países europeos más cultos, las asociaciones protectoras tienen departamentos educativos que colaboran con los gobiernos y hacen su labor en las escuelas. El resultado es que no hay animales abandonados, ni cacas en las calles. Los policías cuentan con cajas de distintos tamaños, adecuadas para recoger cualquier animal hasta ser llevado al albergue más próximo, cuyo departamento más importante es el educativo.

En España, en general, y en Canarias en particular, la labor más dura de las protectoras es convencer a los gobernantes de que una de sus obligaciones, lo dicen incluso nuestras leyes, es cuidar de los animales y poner los medios para educar a niños y mayores para evitar que sean abandonados y maltratados. Pero, ¿quién los educa a ellos?.

Antes apenas se les nombraba, excepto como problema que había que eliminar. Ahora ninguno se atreve a decir que los animales no les gustan, pero mientras existen fondos para los actos y las fiestas más insólitos, para el derroche en fuegos ratifícales y en pagos millonarios a personas que los organizan, los protectores de animales siguen inmersos en una vida desdichada, llena de tribulaciones, rumiando su impotencia, sin que las cosas apenas cambien con el paso de los años.

¿Qué Ayuntamiento, qué cabildo, qué Consejería (que cuentan siempre con numerosos asesores para todo) tiene una sola persona dedicada a educar, a formar a las nuevas generaciones en la idea de que los animales no son cosas o a procurarles el bienestar que merecen, como seres vivos que comparten nuestro espacio y nuestro tiempo?

Muchos protectores de animales creen todavía que su labor más importante es alimentar al perro o al gato de la calle, llevarlo a un veterinario y matarse en el amplio sentido de la palabra, para buscarle sitio en un refugio. Así, con toda su buena voluntad amargan su vida y la de sus familiares viendo que a pesar de los años que van transcurriendo, a pesar de los nuevos albergues y asociaciones, sigue habiendo animales en el Teide, en los campos, en las calles…..pero pocos en la mente de los políticos, los de antes y los de ahora. Y así nos va.

Me hace gracia cuando en cualquier departamento gubernamental dedicado al turismo, se habla de la posible bajada en el número de visitantes. Si esas personas se hubieran dedicado a trabajar de verdad, una de las cosas que sabrían es que muchísimos turistas, cuando vuelven a sus casas, lo primero que hacen es escribir, contando con pelos y señales, a las asociaciones protectoras las salvajadas que vieron en nuestras islas, o en la España peninsular, que tampoco son mancos por allí.

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