
En aquel comienzo de 2004, entregué en adopción a una cachorrita de dos meses escasos a una familia que vivía en San Martín del Rey Aurelio. Ella, Rosa, es canaria y me encantó su dulce forma de ser y de tratar a sus animales. Bautizó a la pequeña cruce de doberman y labrador negro, con el nombre de Gara (el monte más elevado de la Isla de la Gomera, que a su vez debe este nombre a una diosa del lugar).
Esta adopción fué de las que con el tiempo se convierte en un vínculo para sostener una amistad (aunque sea telefónica) con una persona como digo, dulce y encantadora. Al principio Gara fué una cachorra normal, o sea, la destructcción como lema en la vida... no se le resistía nada (móviles, zapatos, botas, mandos a distancia...)
Hace poco me enviaron las fotos de Gara hoy en día. Rosa y su familia supieron resistir el tirón que supone un cachorro de raza grande en casa y con las caraterísticas destructivas que particularmente conllevaba. Hoy es un auténtico placer oir hablar a Rosa de su Gara, su reina, su diosa... no hay más que ver que se ha convertido en un hermoso animal, dulce y cariñosa, ¡y obediente!
¡Gracias Rosa!




